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Las cosas que no existen
2019

“Tomás estuvo ausente en la primera aparición de Jesús resucitado a sus discípulos. Al escuchar a sus amigos decir “hemos visto al Señor”, él responde: “si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Si no veo, no creeré. Ver para creer.”

Evangelio según San Juan (20, 24-29)

“Cierto que podemos estar en la oscuridad y no percibir el tiempo al no moverse ningún cuerpo, sin embargo, basta un movimiento en la mente para darnos cuenta de que el tiempo transcurre.

Es difícil concebir que participa de la realidad algo que está hecho de cosas que no existen.”

Como ya todos sabemos la historia universal del cuerpo siempre ha sido una historia de la tortura, ya que cuerpo y suplicio van de la mano como dos caras de la misma moneda, pues el instante que se entiende al cuerpo como el depositario de las sensibilidades, el cuerpo es subordinado a todo tipo de ejercicios que fomentan el sometimiento del mismo, ejemplos a través del tiempo los hay y muchos desde la esclavitud temprana, hasta las autoflagelaciones católicas, pasando por los rituales dolorosos que marcan el cuerpo como elemento de lo sagrado, hasta los sacrificios a cuerpo expuesto a la multitud, o las decapitaciones de la revolución francesa (como que desprender la cabeza pensante del cuerpo deseante sea la única manera de aniquilación completa y no necesariamente solo la muerte).

Los rituales de la muerte en todas las culturas son parte de esa adoración al cuerpo, un cuerpo que se va, que abandona el alma, que deja de ser cuerpo, ya que el cuerpo ostenta esa posibilidad de presencia, de realidad que no posee otro ente −por eso mismo es cuerpo−, “ver para creer”, decía el apóstol Tomás, ver en el cuerpo sus llagas ósea su putrefacción, sus agujeros, su sangre, en definitiva ver el cuerpo doliente de un Cristo flagelado para creer en su resurrección, el cuerpo es la evidencia del crimen, sin cuerpo no hay homicidio −dirían los criminalistas−, el cuerpo en esta fase se transforma en el cuerpo objetivo, real, único, y única prueba palpable e inobjetable de que algo sucede, por tanto el cuerpo es prueba de realidad, de que aconteció algo, de que hay movimiento, de que hay vida, y finalmente de que hay realidad; de que nada está en la mente o en un programa matriz de un mega software virtual que nos hace creer que existimos. “Pellízcame para saber que no lo estoy soñando”, frase común de vuelta a la realidad que se ejerce sobre el cuerpo para saber que hay rastros de realidad, pistas de que se está en donde sea, pero se está presente y que solo un cuerpo lo ratifica, lo autentifica.

A la historia de este cuerpo es a la que la artista Gabriela Carmona se dedica a sintetizarla en toda su producción −que no es poca− producción que va desde instalaciones a foto-performance o videos, pasando por pintura y fotografía, todo su trabajo reflexiona sobre el cuerpo, el cuerpo actual; ese cuerpo que los posestructuralistas franceses tildaban de cuerpo social (Bourdieu), en donde se ejerce un poder (Foucault), cuerpo producto de una subordinación al cual se lo somete, se lo presiona, tal como uno de sus videos llamado Desaparecer[1] en donde el cuerpo es obligado a cargar sueros pesados, metáfora de un cuerpo herido pero también en recuperación, cuerpo que magnifica el esfuerzo físico, al mismo tiempo que pacta instantes de sosiego, un cuerpo dolido; sin embargo, a mi parecer, Carmona se sumerge en el cuerpo actual, en el cuerpo contemporáneo profanado y pone como modelo su propio cuerpo de mujer.

Una vez que el poder cualquiera que sea este, se dio cuenta que el sometimiento del cuerpo es la única manera de atestiguar la existencia de la realidad, entonces el cuerpo fue el instrumento por medio del cual se ejerce el castigo, mas que como forma de dolor como forma de presencia, de hacer sentir al otro que no vive una utopía sino que vive una realidad y esta realidad le es cruel, entonces solo luego de entender que el cuerpo siempre es sinónimo de presencia, de realidad y finalmente de existencia, el cuerpo sometido al poder se convierte en cuerpo deseante, el cuerpo es el objeto del deseo, el cuerpo es el trofeo con el que el poder se vanagloria en su patético triunfo (Guantánamo, los black sites de la CIA, Auschwitz o Birkenau, como espacios para almacenar cuerpos trofeo, el cuerpo trofeo de las conquistas del  “macho” en las sociedades patriarcales, entre tantos otros que la historia condena).

Lo mismo pasa, y Carmona nos lo advierte, la conquista masculina objetualiza el cuerpo femenino para someterlo, no solo para poseerlo sino para conquistarlo y en este proceso someterlo al ejercicio de transformación de un cuerpo trofeo, es entonces cuando la artista contraataca con un cuerpo desnudo, pero que − como en la serie Las cosas que no existen[2]−, el cuerpo se cubre mínimamente por una manta negra, evitando transformarse en el objeto del deseo, trata de ocultarse entre los nudos los pliegues de un tela que además es transparente, demostrando la imposibilidad del ocultamiento del ojo rector que lo controla todo.

O en la obra Sorrow o desesperada[3] (2017) cuya frase que le antecede es: “mi cuerpo no es un recipiente”, efectivamente un cuerpo no puede ser el depositario de los placeres del hombre, cuerpo receptáculo, cuerpo vasija, simple elemento de almacenaje con el que los años y años de impostura falo-céntrica colocan el rol de la mujer en el papel absurdamente secundario de las cosas que no importan tanto; desde esta perspectiva, ser madre, cocinar, hacer las labores en casa, ser secretaria de un jefe o simplemente ser amante; se convierten en los designios pre-establecidos que vienen implícitos en el modelo de pensamiento falo-centrista para hacer que −más allá de los valores éticos fácilmente visibles, que representan esta brutal forma de opresión− nos enchufen una dosis de realidad a partir de un ejercicio doblemente grabado en el cuerpo, un cuerpo que, por otro lado, siempre se resiste porque resistirse significa siempre recordar que mientras exista vida, existirá posibilidad de reivindicación y en eso se encuentra la batalla que Carmona entabla a partir de su modelo critico de arte, al comprender que el arte siempre ha sido una posibilidad otra de discursar desde el linde, sabiendo por otro lado que la realidad obedece a un grupo de convenciones que nos hacen pensar que el hecho es real, por tanto lo que Carmona hace en definitiva es ejercer presión sobre esa capa de realidad confeccionada bajo una convención falo-céntrica (sociedad occidental actual) para modificar tal realidad a través del arte y su posibilidad crítica.

Sabiendo de antemano que el arte es un peligro para un occidente lógico, porque dosifica ciertas capas de imaginarios que no reverencian el uso de la razón, ya que sus vías de acercamiento van de la mano con la sensibilidad, con la pasión, con la afectividad, fracturando esos ejercicios inocuos de la verificación, de la objetividad y todo el armamento propio de la razón, para subyugarnos a otros mundos de realidad, una realidad visual, perceptiva, sensitiva llena de tropos, de mitos, cuentos, fábulas e historias que sin poseer elementos propios de un marco lógico, configuran entramados reflexivos y críticos mas fiables que los cuantitativos y aburridos formatos del pensamiento, en su afán por sostener nuevas vías de comprensión, pero sobre todo nuevas formas (muchas de ellas más justas) de habitar este mundo.

Al fin y al cabo, Las cosas que no existen, están ahí para recordarnos que algún momento pueden existir, están ahí como esperanza de un cambio, lo que no existe, existe como anhelo oprimido a punto de brotar, lo que no existe (de acuerdo a esa convención que es la realidad) puede existir en otra futura convención de realidad de un mundo más humano, más digno simplemente.

Mundo utópico que siempre existirá en la visión de Carmona y de todo artista comprometido que se digne de entender el proceso llamado arte como el constructor de imaginarios colectivos −efectivamente− de las cosas que no existen, pero que cohabitan en la mente del artista como elementos sustanciales de otro mundo posible y solo ahí ya existirán como modelo crítico y político de esperanza y de ahí su verdadero valor.

Hernán Pacurucu C.

Crítico y curador de arte contemporáneo

hernanpacurucu.blogspot.com

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[1] El video Desaparecer presentado en la galería Christopher Paschall de Bogota, Colombia. En este video la artista totalmente desnuda, carga con una suerte de sueros proporcionando un peso y un dolor al cuerpo, como cargando sus propias culpas, las mismas que no son de ella sino de una sociedad que se precia de ser civilizada, pero que bajo ese tibio manto de cobijo guarda sobre sí toda la tortura que, por el mero acto de haber nacido mujer le somete a dispositivos implantados desde su nacimiento.

[2]  En su web la artista comenta Inicialmente esta serie surge como acción/reacción frente a la cosificación del cuerpo femenino y mi propio cuerpo. Tomando como referencia la pintura “La Perla del mercader” (1884) del pintor chileno, Alfredo Valenzuela Puelma, pintura que evoca directamente a la mujer como objeto. ”Frente a la violencia que esta imagen genera en mí, desde su forma y su contenido, me propongo resignificarla bajo un registro performativo situándome en el lugar de esta mujer a la venta, pero envuelta completamente en telas negras, ocultando mi cuerpo, mis formas mi identidad.

[3] En su web la artista comenta “Este trabajo lo concibo a partir de la obra original “Sorrow” (Dolor) de Vincent Van Gogh (1882) donde se muestra a una mujer desnuda en actitud de desolación.  Por medio de una acción fotoperformática me sitúo en el lugar de la mujer representada en la obra Sorrow, proponiendo mi propio cuerpo como objeto y lugar simbólico del desamparo.”

Hernán Pacurucu C.
Crítico y curador de arte contemporáneo.