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Recuerdos colectivos del dolor y la ausencia
2025

Por Elisa Massardo. Lic. en Historia y Estética (Chile)

Imágenes cortesía de la artista.

https://www.arteallimite.com/portfolio/revista-n-108/

Partir desde la emocionalidad y la biografía, comenzar entendiendo que lo individual puede ser reflejo de lo colectivo; así como lo colectivo de lo individual. El dolor ajeno, puede ser propio, y con ello se puede trabajar para generar sentimientos compartidos, reflexiones que ayudan a empatizar y comprender la magnitud de la violencia. 

La obra de Gabriela Carmona se trabaja desde estas premisas, invocando desde lo onírico hasta la recopilación de relatos para lograr “detenernos un momento de todo el ruido del mundo, del feroz sistema capital en el que estamos insertos. Y poder recordar, que somos seres inmateriales, frágiles, y susceptibles a desaparecer. Quizás volvernos hacia adentro, poder encontrar de esas imágenes que provienen de los sueños, y conectar con mundos ocultos, invisibles, que nos conectan desde los más ancestral como humanidad”, explica la artista, quien a través del trabajo con el cuerpo genera obras en diversas técnicas que implican performances, instalaciones, textiles, fotografía y video. 

El cuerpo empleado como un medio entre la vida, la intimidad y el arte, le ha permitido “explorar desde una incipiente libertad, mis temores, recuerdos e interrogantes referidas a la vida y a la muerte. Mediante la performance, he podido canalizar ideas subjetivas, alojadas en el inconsciente, recuperando mis recuerdos y experiencias o relatos de lo colectivo”. Así, trabaja en colaboración con mujeres, a quienes pide donaciones de ropa en desuso, testimonios de secretos, olvidos o dolores, que le permiten profundizar en las nociones terapéuticas del habla, permitiendo darle sentido al pasado para una mejor comprensión del presente. 

¿Por qué y desde cuándo decidiste abordar temas como la violencia de género y la identidad femenina en tu trabajo?

Uno de mis primeros ejercicios performativos (2017), nace a partir de la pintura decimonónica, La Perla del mercader (1884), de Alfredo Valenzuela Puelma. La imagen representa un hombre, que está vendiendo el cuerpo de una mujer joven, desnuda. Aunque la pintura fue creada en un contexto histórico diferente, los temas de poder, explotación y objetificación del cuerpo femenino siguen siendo relevantes, particularmente en relación con la opresión y la cosificación, desde la mirada patriarcal.

El movimiento feminista ha luchado por libertades en una sociedad que aspira a la igualdad de género. Sin embargo, hoy –más que nunca–, los cuerpos de mujeres y disidencias siguen siendo castigados y sometidos a diversas violencias sexuales y culturales.

… ¿y la memoria?

La muerte de mi hermano y presenciar su muerte, me marcaron de forma muy profunda. Desde ahí he trabajado vinculando mi cuerpo como contenedor de experiencias referidas a ciclos vitales, e interrogantes acerca de lo efímero, la fragilidad de la vida y lo impermanente sujeto a desaparecer. 

La memoria ha sido transversal en mis propuestas, que buscan evocar espacios rituales donde confluya mi cuerpo y su desapariciónHacer duelo, vinculando desde mi experiencia personal el contexto social, la historia reciente en Chile, la huella macabra que aún sangra por las muertes y desapariciones forzadas en dictadura. 

¿Qué significado tiene el color negro en tu obra, El negro oscuro del cielo, y cómo conecta con los conceptos de desnudo y violencia?

La ciencia dice que el cielo del norte de Chile es el más negro del mundo. Me pregunto qué secretos guarda ese cielo sobre nuestras vidas pasadas, los ciclos vitales, la desaparición y la muerte. 

El negro oscuro del cielo, surge a partir de un caso de femicidio con violación ocurrido en Chile. A partir de este sombrío hecho, escribo un texto en verso que constituye para mí, un manifiesto en contra de la violencia y la perpetración de abusos hacia los cuerpos de niñas y mujeres, a partir del cual planifiqué una performance. Para hacerla diseñe un atuendo textil, hecho de cientos de cortes de ropa negra recolectada a través de una convocatoria pública para hacer más extensivo el rito, como un duelo que reúna colectividad.

El atuendo está hecho imaginando las formas de plumas de pájaro. Esta pieza es de la serie Encarnapieles, un abrigo contenedor que simboliza un capullo o un retorno al útero materno, como extensiones del cuerpo; lo que también evoca formas de aves que poseen una comprensión diferente de la vida y la naturaleza, posiblemente sugiriendo una libertad distinta de nuestros cuerpos.

El negro como la ausencia y, al mismo tiempo, como la presencia de un profundo dolor, inimaginable y desgarrador. El negro como el luto de la perdida, del duelo y de lo que se puede expandir dentro del universo infinito sin luz y de pura oscuridad. 

Lo mismo con el rojo en Cuando el sonido del mar se detuvo, ¿por qué su uso tan recurrente en los vestidos?

Estos Encarnapieles, están confeccionados con los restos de un gran manto rojo con el que realicé esta performance en el mar. 

La primera idea nació a partir de un sueño, donde veo un gran flujo de sangre que emana de mi cuerpo, convertida en un mar de sangre roja. Al fluir esta sangre que mancha todo el paisaje, sentía una gran libertad, una simbiosis cariñosa y de reconciliación con mi cuerpo. 

Empecé a recolectar testimonios de distintas mujeres y a confeccionar el manto, generando una serie de ciclos: prenda de vestir; fragmento de ropa, cosida y unida a mano; y su forma en una sola pieza material, escrita y estampada con testimonios de otras mujeres, sus dolencias, pérdidas y sentires.

También conllevan un deseo de crear formas que nos recuerdan ausencias, traer a la presencia, por medio de estas pieles vacías de cuerpos que no sabemos dónde están, qué han desaparecido. 

El manto comenzaría su último proceso de transformación luego de la performance en el mar, con partes de éste comencé a confeccionar por medio de diversas técnicas textiles y costura manual piezas indumentarias, hechas imaginando la noción de mi cuerpo, como extensiones de éste. 

…cuéntame un poco más sobre los Encarnapieles

Los primeros Encarnapieles se parecían a capas o vestidos, y paulatinamente comencé a transformarlas en formas abstractas y orgánicas, que se parecían a partes de mi cuerpo, como pieles, como encarnaciones, que me abrieron un umbral hacia una nueva libertad y al mismo tiempo hacia un espacio sagrado para mí, donde puedo ensimismarme y renacer de mis propias fracturas. 

Las técnicas textiles usadas en la confección significan un deseo por reparar esa fractura invisible, que voy cosiendo, o bordando hebra por hebra. También conlleva un deseo de dejar una huella del tiempo en el material, una huella de esa herida hecha color, materia y textura, como una costra, como cuando una parte del cuerpo se rompe, sangra y cicatriza para volver a un nuevo ciclo de regeneración y nacimiento. 

Así, al habitar estas piezas experimento una poderosa libertad, con mi cuerpo ensimismado, que me permite crear una realidad entre el cuerpo y los tejidos. Estos se encarnan en mi piel, completando el ciclo de la transformación, trayendo otras vidas y huellas sobre mi propio cuerpo y biografía. 

En "Cuando el sonido del mar se detuvo", exploras el puente entre lo personal y lo político ¿Cómo se vinculan tus experiencias personales con el dolor social?

En mi infancia viví por periodos cerca del mar, cada vez que lo contemplaba sentía su inmensidad oscura y me preguntaba dónde terminaba, y siempre, hasta hoy, sentía miedo y asombro. Miraba el mar y su extensión me parecía infinita, imaginaba y me deleitaba de su permanencia como testigo del ciclo de la vida, de nuestra fragilidad, de nuestra inevitable muerte, de la incertidumbre de lo desconocido. Y siempre me preguntaba cómo definir esta extensión de agua que me parecía como suspendida en la tristeza de la tierra. Hace algunos años, imaginé algunas respuestas, decidí creer que el mar era un consuelo para calmar nuestras almas, frente al inconmensurable sufrimiento del que somos parte como sociedad, como humanidad. En el dolor de la muerte, de la pérdida y la desaparición de un ser querido. 

El agua también puede ocultar y hacer desaparecer. El mar fue utilizado como contenedor macabro de los cuerpos arrojados al mar durante la dictadura en Chile. A la fecha aún hay más de mil detenidos desaparecidos. Estas pérdidas son un dolor inimaginable.

El año 2020 comencé una investigación que inició desde una reflexión de la activista por los DD. HH Ana González, donde ella expresa el dolor inimaginable de la pérdida y desaparición forzada de sus seres queridos. Partiendo del dolor de Ana, relaciono con mi propia experiencia biográfica, y el dolor de la pérdida, para comenzar la investigación que culmina en esta obra. 

Así logro establecer una relación simbiótica entre mi cuerpo, el manto de sangre y el paisaje del agua. Por medio de esta performance en donde arrastro y sumerjo el manto en el mar, voy recreando a modo de gesto expiatorio, relacionando gestos, palabras y corporalidad, percepciones de ese recuerdo íntimo, e incognoscible en torno a la muerte. 

Como un acto silencioso estoy frente al mar, para entregarle una ofrenda, una gran manto con los lamentos de muchas voces además de la mía, para accionar entrelazado con mi cuerpo el rito dentro del agua. 

El poema declamado en el video, sugiere una búsqueda por comprender situaciones inaccesibles e incognoscibles a nuestra consciencia, que residen en las sombras, a las que busco acceder por medio de la creación de este rito a través de mi corporalidad e intuición, buscando a través de la poética de la misma performance, una comunicación con el cielo, un canal donde mi cuerpo es un mediador. 

Elisa Massardo
Licenciada en Historia y Estética. (Chile)

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